En una bóveda vigilada por policías armados, hay una caja resguardada con los restos de una historia que avergüenza a la Ciudad de México.

Los pocos que tienen autorización para entrar a este lugar, atravesar sus filtros de seguridad y asomarse al interior de ese cartón con el número "04", se podrían dividir en dos tipos de personas: los que sólo ven latas aplastadas de crema corporal, rollos de papel higiénico, trapos de tela sucia y botellas de plástico retorcidas; y los que miran esos mismos objetos, pero saben para qué se usaban: para lubricar los genitales de mujeres y niñas agotadas, paños para limpiar el semen de los clientes y envases del agua para hidratar a las víctimas entre un trabajo sexual y otro. Y aunque los observadores se podrían dividir en dos, todos verán el rótulo impreso en una hoja blanca que dice "Manzanares", el nombre corto del Segundo Callejón de Manzanares, una estrecha vialidad en el centro de la Ciudad de México, donde durante 15 años no pasó ningún auto, pues el espacio era manejado por las familias Rodríguez M. y Rodríguez R. para hacer desfilar a niñas y mujeres, desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, para que los hombres que visitaban la calle eligieran por cuál pagar por 20 minutos de sexo.

"Manzanares" era su nombre genérico, aunque casi todos sus visitantes se referían a ese lugar como "La Pasarela". Ahí desfilaban menores secuestradas y señoras que llegaron por su voluntad, pero obligadas a pagar una alta cuota para poder pasearse de un extremo del callejón a otro, trazando una elipse con sus tacones, frente a seis locales abiertos con televisores y rockola, donde vendían alcohol y aperitivos para los visitantes. Excitados por los tragos, los clientes "rentaban" a un ser humano por 200 pesos para llevarla a la vecindad de los Rodríguez M., el único lugar donde se podía tener relaciones sexuales. Durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, incluso hubo una promoción: paga 500 pesos y recibe 24 cervezas, más "la niña que te guste".

El prostíbulo cerró en 2011, después de unos 15 años de operación. De madrugada, decenas de agentes de la procuraduría capitalina entraron a la vecindad y revisaron los 26 diminutos cuartos con catres de cemento y puertas de sábanas, de donde rescataron a 27 víctimas, entre ellas cinco menores de edad obligadas a prostituirse. La más chica tenía 13 años. Los tratantes fueron arrestados, las víctimas devueltas a sus familias y los accesos del inmueble quedaron sellados por el gobierno de la ciudad. Así, "La Pasarela" bajó el telón y lo que recogieron los policías como evidencia criminal está en la caja "04", como señal de que eso, hace apenas cinco años, sucedía en la ciudad.

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